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La nueva forma de pago de la economía colaborativa

Las transformaciones causadas por la economía colaborativa como modelo económico son imparables. En su momento la revista Time la clasificó como una de las ideas que cambiarían el mundo y se estima que para 2025 el crecimiento en los ingresos a nivel mundial alcance los 335.000 millones de euros.

Aunque es difícil muchas veces saber qué es economía colaborativa y qué no lo es, hay consenso en aceptar que la base del consumo colaborativo es la interacción directa entre personas, sea a través de relaciones de producción, consumo o financiación, que tienen como medios facilitadores los distintos canales y plataformas digitales que, no hay que afanarse en demostrar lo contrario, son la fuente y esencia de la interacción social de hoy. El ejemplo clásico: una persona tiene algo que otra persona busca y la plataforma facilita ese intercambio estableciendo determinadas reglas. Este es el punto que hay que atender, la gestión de la plataforma.

Un buen ejercicio para saber cuándo estamos en presencia de la economía colaborativa es chequear el conjunto de actividades derivadas o subyacentes que se generan a partir del intercambio, así podríamos identificar en la práctica quién es quién y cuál modelo es y cuál no. En el caso de la economía colaborativa las plataformas digitales no prestan ese servicio subyacente, del que pasan a encargarse las personas directamente.

La frontera que se ha propuesto no transgredir esta economía es que los recursos sean aprovechados de manera eficiente y sostenible. Y como esta etiqueta le queda bien a cualquier modelo de negocio han surgido confusiones. No son lo mismo economía colaborativa, economía bajo demanda y economía de acceso, varias de las diferencias que existen entre ellas se exponen en este estudio elaborado por Adigital y Sharing España hace par de años.

Posibilidades que no deben detenerse

Cada vez es mayor la frecuencia con la que surgen modelos de negocios que han apostado por crear valor en contextos sociales, culturales o económicos en los que oferta y demanda se relacionan en un mismo proceso, dinámico y en tiempo real. Las plataformas digitales han sido ese espacio ideal en el que ese proceso se ha desarrollado, sobre todo a partir de esta última década en la que internet ha logrado configurar nuevas e insuperables experiencias de usuarios.

Gracias a esas nuevas formas de interacción, hoy es posible brindar y recibir información valiosa a la que otros pueden acceder clicando, o deslizando el dedo de un lado a otro de la pantalla del móvil. Medios de comunicación que apenas generan contenido, minoristas que no poseen inventarios físicos, son, por solo tomar dos, ejemplos que ilustran lo que algunos han llamado «disrupción», un fenómeno asociado de inicio al mundo de las start-ups y su forma de «hacer las cosas de una nueva manera que termina por imponerse sobre la que, tradicionalmente, asumíamos como natural».

Es cierto que como modelo económico la economía colaborativa no ha estado exenta de polémicas. De hecho, a la vuelta de los años continúa recibiendo numerosas críticas que la presentan simplemente como una estrategia muy hábil. Otros plantean que el «concepto» ya no vale como denominador común por las disímiles y amplias actividades que intentan agruparse bajo esa etiqueta: no todas las empresas funcionan igual, algunas mantienen bien alto el listón de lo colaborativo y otras el de la rentabilidad, así de simple.

Hay muchísimas actividades dentro la economía colaborativa, algunas consideradas como tradicionales (crowdfunding, alojamiento temporal entre personas, intercambio de casas, car sharing, alquiler de coches entre personas, microtareas) y otras que al menos hasta ahora no tienen el mismo volumen de usuarios (educación entre personas, cultivos compartidos, compartir comida entre personas). En ambos casos las personas que han usado alguna de las plataformas colaborativas (Blablacar, Airbnb, Bitteo, Wallapop, Glovo, HomeAway, StubHub, Etece, Cabify, Housers) coinciden en que estas alternativas inciden beneficiosamente en sus formas de vivir, trabajar, relacionarse y consumir

No hay recetas para la economía colaborativa

¿Qué ha sucedido para que en la sociedad se hayan retomado formas ancestrales de intercambio en las que se exaltan valores comunes? Evidentemente un cambio de paradigma, nuevas reglas que han ampliado las posibilidades de satisfacer las necesidades del cliente promoviendo un consumo colaborativo responsable y sostenible.

En ese cambio fue que surgieron los primeros emprendimientos que, sin abandonar el clásico proceso de innovación social, brindan bienes y servicios sin que el proceso de interacción del usuario esté asociado más a una versión habitual en la que el consumo quede limitado a la posesión. Aunque sigue importando qué se consume, cada vez más esa elección está determinada por cómo se hace, no por gusto los mayores éxitos de esta economía se encuentran en sectores como el transporte, alojamiento y el turismo.

La mayor interacción social que incentiva el consumo colaborativo centra la atención en la experiencia del usuario, pues de la valoración que haga depende el éxito de los nuevos emprendimientos. El consumidor colaborativo desconfía de las instituciones tradicionales aunque continúe atado a muchas de ellas, no le gustan los procesos demasiados complejos con intermediarios innecesarios porque le impiden satisfacer de forma rápida sus necesidades. La mayoría valora como muy positivas las alternativas colaborativas por la facilidad y accesibilidad a recursos que brindan.

Confianza, valoración, comunidad, acceso, valor, experiencia, son palabras claves para la economía colaborativa. Un modelo de negocio colaborativo no es dar un servicio por un costo menor o tener una app bien posicionada en el mercado.

Quizás la diferencia que marcan estas alternativas está más vinculada con su forma de uso y no con el medio novedoso que ofrecen. El éxito que han logrado las distintas plataformas colaborativas demuestra que existe una disposición genuina del usuario a compartir experiencias, más si puede aprender más y aprovechar mejor nuevas oportunidades, lo que tiene una significativa incidencia en un comportamiento que ya no se conforma con comprar.

Pagos colaborativos

Una de las ventajas de la economía colaborativa ha sido modificar los estándares de consumo ofreciendo la posibilidad al usuario de obtener bienes o servicios de su preferencia a costos bajos. Sin embargo la forma de pagar, algo a lo que todos debemos enfrentarnos cuando obtenemos esos bienes o disfrutamos de servicios, continúa siendo, en términos generales, una relación entre dos stakeholders en el momento de iniciar transacciones.

Es bastante evidente que las formas de pago que existen entran muchas veces en contradicción con los hábitos actuales de consumo. ¿Consumo colaborativo con formas tradicionales de pago? Esa es una buena pregunta a la que han tratado de responder algunas iniciativas como Twyp, Bizum o Verse, plataformas que ofrecen opciones de pago con la particularidad de que en estos casos la opción de compartir el pago se habilita cuando ya se ha realizado. Una vez que hay un monto total fijado que se ha pagado es que se procede a compartir entre el grupo de personas seleccionadas. 
Estamos de acuerdo en que no es lo mismo pagar 300 euros que 150, 100, 75 o 60, y la opción de compartir el pago al final no está nada mal para una etapa inicial, lo que sucede es que tal y como funcionan estas alternativas la interacción entre los usuarios se limita al último momento del proceso. La pregunta, ¿por qué no compartir el pago desde el principio?, surge por sí sola.

Divvy, la nueva forma de pago de la economía colaborativa

Una posible respuesta a esta pregunta puede darla la pasarela de pago Divvy que ofrece la oportunidad de dividir el pago justo cuando pagas, de esa manera puedes compartir con amigos o familiares bienes y servicios y además de compartir la experiencia, el usuario puede minimizar los costos. La ventaja de esta pasarela es que facilita la interacción entre los usuarios involucrados en el proceso de pago, lo que impide un posible olvido.

Una persona habilita el pago y no tiene que asumir la responsabilidad total del mismo si tiene planificado dividirlo, solo tiene que enviar un link a sus amigos o familiares para que inicien sus pagos individuales. Al ser un método de pago que se ajusta a las necesidades de los usuarios, es mayor la posibilidad de que los pagos se realicen sin inconvenientes, y siempre ofrece la posibilidad de hacer transacciones recurrentes y darle seguimiento al proceso completo de pago enviando una notificación cuando el pago es completado.

Lo que en muchos casos marca la diferencia entre los distintos métodos de pago es su flexibilidad para hacer de la experiencia de compra un proceso más intuitivo para los usuarios. La mayoría de las pasarelas de pago cumplen con un grupo de estándares, sin embargo no todas aportan a los usuarios nuevas formas de relacionarse en un proceso como pagar por un producto o un servicio que se disfruta. Casi todas las pasarelas que conocemos gestionan los pagos desde las lógicas de funcionamiento predeterminadas, pagos y responsabilidades estrictamente individuales.

En este sentido Divvy surge como un método de pago que propone cambiar esa lógica que asumimos como natural, centrando la experiencia de usuario en la posibilidad de que comparta los pagos con quien lo desee. Es una solución que se adapta a los hábitos de consumo actuales, a los distintos modelos de negocios les permitiría sumar nuevos usuarios gracias a la interacción inmediata que se inicia cuando el usuario inicial decide compartir el pago y a la facilidad con que modifica la propia acción de pagar sin generar complicaciones. Además, la información que se obtenga de todo ese proceso de pago te permitirá conocer mejor quiénes son tus clientes, los habituales y los potenciales, cómo piensan y qué puedes ofrecerles para que reciban una experiencia más personalizada.

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